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Cuando la noche vuelve al desierto: el camino al colapso hidrológico en Wirikuta

protegeP la Sierra de Catorce y sus piedemontes no es solo una medida ambiental, sino una estrategia hidrológica esencial para recuperar la capacidad de resiliencia del acuífero Vanegas–Catorce.

Dr. José Luis Silván Cárdenas
Dr. Tunuari Roberto Chávez González 

15 de noviembre de 2025.-En los orígenes del mundo, cuando la tierra todavía dormía bajo la sombra de la noche y todo era oscuridad en el fondo del océano, el agua fue el primer testigo del despertar de la vida. En esa matriz líquida, tibia y profunda, se gestaron las primeras formas biológicas, y también los primeros significados espirituales. El agua no solo humedeció la materia: la animó, le dio pulso y dirección. Desde entonces, para las culturas originarias de Mesoamérica, el agua conserva una memoria sagrada que entrelaza lo biológico con lo espiritual, lo celeste con lo subterráneo. El pueblo wixárika —habitante ancestral del occidente y del altiplano mexicano— mantiene viva esta comprensión cósmica del agua como origen, palabra y vínculo, donde cada manantial, cada ojo de agua y cada montaña son parte de un relato que no se separa del tiempo ni de la ciencia.

La cosmovisión wixárika entiende el mundo como una secuencia de nacimientos que parten del mar hacia la montaña, del inframundo acuático hacia el amanecer solar. En esa ruta, el sitio sagrado de Tatéi Haramara, en San Blas, representa el mar primordial, el lugar de la noche y de la gestación; mientras que Wirikuta, en el altiplano de San Luis Potosí, encarna el punto exacto del amanecer, el primer destello del día sobre la tierra. Entre ambos lugares se extiende el trayecto ritual del pueblo wixárika, que cada año recorre los cinco puntos cardinales para renovar el equilibrio del mundo (Neurath, 2013; Liffman, 2011). En este viaje, el agua se transfigura: lo que en la costa es mar salado y oscuro, en Wirikuta se convierte en rocío, en vapor, en fuente de luz. Es el tránsito de la palabra-agua a la palabra-fuego, de la noche al día, de lo oculto a lo visible.

Figura 1. Don Andrés, del pueblo wixárika, recoge agua sagrada de un manantial, en la Sierra de Catorce 

Desde la perspectiva geológica, esta relación no es solo simbólica: el altiplano potosino, donde se asienta Wirikuta, fue efectivamente un antiguo mar interior durante el Cretácico. Las sales que hoy emergen en los pozos profundos del acuífero Vanegas–Catorce son vestigios de aquel océano atrapado en las rocas, testigos de un pasado marino fosilizado en la tierra (Villalobos & Jurado, 2017).

El acuífero Vanegas–Catorce, clasificado oficialmente por la Comisión Nacional del Agua como sobreexplotado, presenta un déficit promedio anual de 7.9 millones de metros cúbicos, una cifra que excede su recarga natural y evidencia un desequilibrio estructural entre extracción y reposición (CONAGUA, 2024). La Comisión Nacional del Agua estima que la recarga natural media es de apenas 28.4 hm³/año sobre 4 380 km², con un coeficiente de infiltración cercano al 2 %  (CONAGUA, 2024). Esta baja eficiencia de infiltración obliga a investigar si la mayor parte de la recarga proviene realmente de la planicie del altiplano o si, como sugieren los estudios hidrogeológicos en zonas áridas, las sierras actúan como áreas de recarga preferente (Scanlon et al., 2006).

Figura 2. Acuíferos de Wirikuta y la ruta de peregrinación y lugares sagrados

Desde el punto de vista hidrogeológico, este sistema depende en gran medida de la recarga que ocurre en las laderas fracturadas de la Sierra de Catorce, donde las lluvias orográficas logran infiltrar hacia los depósitos carbonatados que alimentan los manantiales y pozos del valle. se perfila como una de las principales zonas de captación hídrica. Desde la hidrología de sistemas montañosos, dos mecanismos explican su importancia: la recarga de frente montañoso (Mountain-Front Recharge, MFR), que ocurre cuando los arroyos efímeros provenientes de la sierra pierden parte de su caudal al infiltrarse en los abanicos aluviales del piedemonte; y la recarga de bloque montañoso (Mountain-Block Recharge, MBR), que corresponde a flujos subterráneos profundos que viajan desde la montaña hacia el acuífero en la planicie (Wilson & Guan, 2004; Markovich et al., 2019). En regiones áridas como el altiplano mexicano, se ha demostrado que estos aportes pueden representar desde el 30 % hasta casi el 100 % de la recarga total de un acuífero (Manning & Solomon, 2003; Scanlon et al., 2006).

En el caso del acuífero Vanegas–Catorce, aunque los estudios oficiales no desagregan el porcentaje de recarga proveniente de la montaña, sí reconocen que parte de la recarga procede de la Sierra de Catorce (DOF, 2025). La geología del área respalda esta hipótesis: el macizo montañoso está compuesto por calizas y dolomías del Mesozoico con altos grados de fracturamiento, lo que favorece una infiltración rápida y profunda (Ramos-Leal et al., 2024). A diferencia de la montaña, la planicie del altiplano presenta suelos delgados, costras calcáreas, pendientes suaves y elevada evapotranspiración, lo que limita la infiltración difusa y restringe la recarga a eventos muy localizados, como en cauces de arroyos o bordos de retención (Noyola-Medrano et al., 2009).

La literatura internacional subraya que en paisajes de montaña, la combinación de mayores precipitaciones orográficas, fracturación de las rocas y la concentración de escorrentías superficiales hacia el piedemonte incrementa significativamente la eficiencia de recarga por unidad de precipitación caída (Markovich et al., 2019; Meixner et al., 2016). Esto coincide con lo observado en el altiplano potosino, donde los gradientes piezométricos muestran un flujo subterráneo dirigido desde la Sierra de Catorce hacia la planicie, lo que es característico de sistemas con recarga de bloque montañoso (Manning & Solomon, 2003).

Figura 3. Zona de infiltración en la Sierra de Catorce. Al fondo, el cerro de El Quemado

Es así que la evidencia documental sugiere que la montaña aporta un volumen absoluto de agua importante, el cual fluye con mucha mayor eficiencia de infiltración con respecto a la zona de bajío o altiplanicie. Es decir, cada milímetro de lluvia en la sierra produce más recarga efectiva que un milímetro de lluvia en el altiplano. Este principio es clave para comprender por qué, a pesar de su escasa precipitación anual (≈316 mm) y el grave estado de sobreexplotación, la sierra funciona como una “torre de agua” subterránea que alimenta al sistema acuífero por mecanismos de MFR y MBR (Markovich et al., 2019; Scanlon et al., 2006). La consecuencia para el manejo hídrico es evidente: proteger la Sierra de Catorce y sus piedemontes no es solo una medida ambiental, sino una estrategia hidrológica esencial para recuperar la capacidad de resiliencia del acuífero Vanegas–Catorce.

Figura 4. Imagen satelital en falso color, del satélite Landsat 8. Polígono del área natural protegida de Wirikuta

Sin embargo, el cambio en el uso del suelo, la pérdida de cobertura vegetal y las concesiones agroindustriales y mineras han reducido la capacidad de infiltración efectiva, mientras que el bombeo profundo ha promovido el ascenso de aguas fósiles, altamente mineralizadas, de lenta renovación (Villalobos & Jurado, 2017). El resultado es una doble degradación: una física, que altera la química del agua y del suelo, y otra simbólica, que desarticula el tejido espiritual de Wirikuta como lugar de equilibrio.

El pueblo wixárika y los campesinos de la región han manifestado que el agua que brota en Wirikuta no es sólo un recurso: es memoria viva del camino de las deidades, que viajan del mar al desierto y se manifiestan en manantiales como Mazauhata, donde los peregrinos reciben “por tercera vez agua mágica en sus cuerpos” antes de subir al Cerro Quemado (UNAM, 2005).

Desde una mirada hidrogeológica, esos manantiales son la expresión superficial de un sistema complejo que nace en la Sierra de Catorce, una fosa tectónica escalonada donde afloran formaciones calcáreas y arcillosas del Jurásico–Cretácico (Zuloaga, La Caja, La Joya), cubiertas por un macizo volcánico terciario y rellenos aluviales de alta permeabilidad que alimentan el acuífero libre Vanegas–Catorce. El agua de lluvia se infiltra por las calizas fracturadas y las capas margosas y limolíticas de La Caja y La Joya hasta encontrar el contacto con ese basamento volcánico de baja permeabilidad (Unidad E2), donde se acumula y es forzada a emerger en la ladera de la montaña, mas o menos a los 2300 metros sobre el nivel del mar -dando lugar a los manantiales de San Juan de Matanzas, El Mastranto, Ojo de Agua, El Salto y los manantiales grandes de San Juan de Vanegas (lugar sagrado Haixa Mutiwie), que abastecen a cientos de campesinos y, al mismo tiempo, sostienen la ruta ritual wixárika.  

Sobre ese mismo andamiaje geológico e hídrico se proyecta la ampliación del distrito minero Real de Catorce–La Luz. Desde 2011, el pueblo wixárika y las comunidades campesinas impugnaron en amparo 38 concesiones otorgadas a Minera Real Bonanza y Minera Real de Catorce –filiales de la canadiense First Majestic Silver–, que forman parte de un paquete hoy de 78 concesiones que cubren alrededor del 70 % de las 140,000 ha del territorio sagrado de Wirikuta. Los peritajes muestran que el proyecto busca reactivar y profundizar las labores históricas en el corredor Santa Ana–La Luz–San Agustín: primero, en la Unidad D (Formaciones Zuloaga y La Caja), donde se ubican las viejas galerías a nivel 720; después, en la Subunidad E1 (Formación La Joya, de lutitas, areniscas y conglomerados), hasta llegar a perforar un túnel minero dentro del macizo volcánico impermeable E2, precisamente el nivel que actúa como base hidrogeológica y controla la descarga de los manantiales que alimentan el acuífera Vanegas–Catorce y a los brotes sagrados de la cuenca.

Figura 5.   Concesiones mineras en Wirikuta y lugares sagrados 

De acuerdo con los propios materiales de divulgación crítica del proyecto, la empresa planea explotar plata a profundidades del orden de 1 000 m mediante minería subterránea mecanizada y flotación con xantatos, lo que implica enormes volúmenes de agua que no podrían obtenerse de las aguas residuales urbanas, sino de los mismos mantos y manantiales que hoy sostienen la agricultura, el abasto doméstico y las ceremonias en el desierto. Abrir un túnel colector desde la zona de jales de Santa Ana hacia las vetas Madre y San Agustín, en el contacto entre calizas fracturadas y basamento volcánico, equivale –hidrogeológicamente– a perforar un nuevo drenaje preferente que puede despresurizar el sistema, secar o mermar los manantiales y crear rutas directas de contaminación por metales pesados: no sólo pondría en riesgo unas cuarenta fuentes de agua entre pozos y veneros del altiplano, sino que cortaría el tejido ritual mismo de la ruta del agua sagrada, desde Mazauhata hasta el gran resurgimiento de San Juan de Vanegas, donde para los wixaritari el agua que emerge es, al mismo tiempo, cuerpo del acuífero y palabra de los dioses.

Figura 6. Modelo Digital de Elevación de la superficie concesionada a minera Real Bonanza, donde se muestran los resurgimientos de manantiales y se compara su nivel altitudinal con respecto a la estratigrafía geológica de la zona. Abajo se muestra un perfil longitudinal del proyecto minero, observándose que la cota altitudinal del túnel proyectado coincide con el nivel acuífero de del cual nacen los manantiales de la ladera de la Sierra de Catorce. Fuente: Presentación Power Point del Frente en Defensa de Wirikuta.

En la lógica wixárika, esas surgencias –cada ojo de agua, cada venero– son literalmente las “bocas” y “ojos” de la Madre Tierra, sin los cuales se rompe la continuidad entre mundo humano, mundo no humano y mundo de los antepasados. El abatimiento de esas aguas subterráneas tiene un impacto sin precedentes en la cultura y espiritualidad de un pueblo completo, de miles de campesinos que habitan el lugar y de complejos y sinérgicos impactos y daños irreparables al equilibrio ecosistémico de desierto chihuahuense. 

Es claro entonces que la crisis hídrica que atraviesa Wirikuta no puede comprenderse únicamente desde los indicadores técnicos de abatimiento del nivel freático o incremento de salinidad en los suelos. Es también el deterioro de una relación simbólica milenaria entre el agua, la tierra y la espiritualidad que sostiene la cosmovisión wixárika. Lo que está en juego no es solo un acuífero en números rojos, sino el límite invisible de la vida en el desierto: una frontera donde el agua deja de ser un recurso renovable y se convierte en memoria fósil, extraída más rápido de lo que puede volver al subsuelo. Extraerla significa literalmente vaciar el pasado, sin posibilidad de reposición en escalas humanas (Villalobos & Jurado, 2017; Chávez, 2025).

En este contexto, la ciencia y la tecnología contemporáneas se convierten en nuevas formas de observación y testimonio. Los sistemas satelitales permiten hoy continuar esa lectura desde otra escala: la del planeta entero. A través de los sensores remotos es posible traducir en datos lo que el territorio expresa en su deterioro: la pérdida de humedad, el ascenso de sales y la transformación del equilibrio ecológico. 

En ese tenor, la observación de la Tierra con fines de monitoreo ambiental se inicia en los años setenta con el programa Landsat (antes Earth Resource Technology Satellite, ERST) de la NASA de los Estados Unidos de Norteamérica. Las nueve misiones del programa (Landsat 1–9) representan hoy en día el registro más prolongado de los cambios de la superficie terrestre, siendo Landsat 8 (2013–presente) el más longevo que aún se encuentra en operación; y aunque ya tiene un sustituto (Landsat 9, 2021–presente), continúa entregando una imagen de la Tierra cada 16 días. El satélite registra la luz reflejada por la superficie terrestre en 11 bandas espectrales que cubren el espectro visible, el infrarrojo cercano, el infrarrojo de onda corta y el infrarrojo térmico. Las imágenes Landsat 8 se encuentran hoy disponibles de forma gratuita con un nivel de procesamiento (L2A) que permite crear compuestos libres de nubes a partir de la fracción de luz reflejada por la superficie terrestre.

Con el fin de proporcionar evidencias acerca del deterioro que ha sufrido Wirikuta, se analizaron imágenes satelitales del período 2013 a 2025. La metodología consistió en el mapeo y análisis de cambios de índices espectrales previamente diseñados para cuantificar el estrés hídrico y la salinidad del suelo a partir de las bandas espectrales de compuestos anuales de imágenes Landsat 8. Los compuestos de Landsat se construyeron como la mediana de valores de las imágenes captadas en cada año, filtrando previamente aquellas con cobertura de nubes mayor al 30 % y aplicando la máscara de nubes disponible en el producto.

A partir de los compuestos, se generaron dos índices espectrales. El primero es el índice de estrés hídrico por enfermedad (DWSI), desarrollado originalmente para detectar la roya anaranjada en cultivos de caña en Brasil (Galvão, Formaggio & Tisot, 2005). El segundo es el índice de salinidad de la diferencia normalizada (NDSaI), diseñado para estimar la salinidad relativa del suelo (Al-Khaier, 2003).

Tabla I. Fórmulas utilizadas en la construcción de índices de salinidad y humedad:

Aunque los índices espectrales son cantidades adimensionales y no absolutas del estrés hídrico o de la salinidad, si están asociados a estas variables y permiten conocer sus cambios relativos, y sus patrones espaciales.   Es así que los valores en los últimos 13 años, permiten confirmar que en el área de la reserva lleva un tren de tendencia negativa en la disponibilidad de agua y una tendencia positiva en la salinidad de los suelos como se aprecia en los siguientes mapas y gráficos del DSWI y el NDSaI, para el período de operación de Landsat 8.

Figura 7. Comportamiento del “Índice de estrés hídrico por enfermedad”, en el periodo de 2013 a 2025, en Wirikuta

Además, la distribución de valores de los índices para los años 2015 y 2025, da cuenta de un cambio en el área natural de Wirikuta. Para hacer esto más evidente se calculó la diferencia normalizada de estos dos índices empleando la siguiente fórmula:

ND=I2I1I2+I1

La diferencia normalizada permite determinar dónde han ocurrido los cambios con mayor o menor intensidad relativa. En el caso del estrés hídrico, este se observa con mayor intensidad al este, en la Sierra de Catorce. Mientras que el patrón de cambios en la salinidad de suelos se presenta con mayor intensidad en las faldas de la montaña, moderado en la zona del valle y negativo (decremento) en algunas partes de la montaña, lo que habla de un proceso más complejo de transporte y acumulación, como se ilustra en los siguientes mapas:

Figura 11. Índice diferencia normalizada de estrés hídrico por enfermedad, en Wirikuta, en los años 2015 y 2025.

En otras palabras, se ha documentado una disminución significativa en la humedad superficial de los suelos (medida mediante el índice DWSI) y un aumento progresivo en la salinidad (índice NDSaI), especialmente en las faldas orientales de la Sierra de Catorce (Apan et al., 2004; Al-Khaier, 2003). Estas tendencias confirman lo que la observación de campo y las narrativas comunitarias ya percibían: el territorio sagrado atraviesa un proceso de estrés hídrico y de concentración salina derivado del abatimiento freático y de la evaporación intensa en zonas de suelos finos y costrosos. En términos simbólicos, es la manifestación visible de un desequilibrio profundo: la sal del antiguo mar está volviendo a la superficie, reclamando su memoria, mientras el fuego subterráneo se asoma en forma de calor y de termalidad en el agua de los sistemas de riego, como el de Refugio de Coronados, en las cercanías de Estación Wadley.

Extraer esas aguas salinas y termales es, literalmente, volver a sacar el mar del subsuelo; y en términos espirituales wixaritari, es volver a asomarse al inframundo acuático de la noche. Lo que la ciencia describe como un proceso de salinización por sobreexplotación y ascenso de aguas profundas mineralizadas (Markovich et al., 2019), el pensamiento indígena lo interpreta como una perturbación del equilibrio cósmico: un asomo de la noche en el territorio del día.

La historia wixárika del amanecer explica que, en el principio, el sol no podía levantarse porque el mundo seguía envuelto en tinieblas. Entonces un niño, el más puro entre los primeros seres, se ofreció en sacrificio en el fuego sagrado del Teakata, descendiendo por debajo de la tierra en forma de magma incandescente. De su sacrificio nació el primer amanecer, que brotó en el cerro del Quemado, corazón luminoso de Wirikuta. Esa fusión entre fuego y agua, entre lo subterráneo y lo celeste, marcó el inicio del tiempo y la aparición del día (Báez-Jorge, 2004; Schaefer & Furst, 1996). Hoy, cuando en algunos pozos de la Sierra de Catorce aflora agua termal, caliente y salina, ese mito adquiere una resonancia doble: por un lado, representa un fenómeno hidrogeológico de sobreexplotación —un descenso del nivel freático que pone en contacto los estratos profundos con los pozos de abastecimiento humano—; y por otro, es una imagen simbólica del retorno del fuego interno de la tierra, del despertar de una fuerza ancestral que advierte los límites de lo que la humanidad puede intervenir sin romper el ciclo sagrado del agua.

La desertificación de Wirikuta no comienza, entonces, en la superficie, sino en el subsuelo. El aumento de la conductividad eléctrica del agua extraída, es la primera señal de que el sistema hidrogeológico está cruzando un umbral de no retorno. Cuando la sal asciende junto con el agua profunda, se acumula en los horizontes superficiales del suelo, reduciendo su capacidad de retención y afectando especies altamente especializadas (Ermakova, 2022). Esto coincide con reportes de suelos blanquecinos en faldas de la Sierra de Catorce.

A pesar del estado de sobreexplotación oficial, en 2025 los habitantes de la localidad de Estación Wadley siguen denunciando la perforación ilegal de pozos, en la zona entre Estación Catorce y Estación Wadley, dentro del Área Natural Protegida de Wirikuta, vinculado a intereses agroindustriales (Chávez, 2025). La paradoja es brutal: se extrae agua fósil para regar cultivos intensivos de exportación, mientras las localidades de la región solo tienen acceso al agua tres días a la semana y, por otro lado, las comunidades wixárika  que peregrinan cada año a este territorio sagrado escuchan a sus ancestros espirituales, quienes llaman la atención sobre la crisis ya presente. Aquí se revela que el conflicto hídrico no es técnico, sino de gran relevancia espiritual.

Para el pueblo wixárika, si las venas de agua en Wirikuta se secan, el territorio- templo sagrado de regeneración espiritual se convertirse en un paisaje herido. La hidrogeología moderna, que reconoce los sistemas de recarga de montaña (Markovich et al., 2019), coincide aquí con el conocimiento ancestral: sin agua en la sierra, no hay vida en el desierto.

En ese sentido, Wirikuta no puede comprenderse solo como un paisaje desértico o un sitio sagrado aislado: es una interfaz entre la geología y la fe, entre la hidrosfera y la palabra ritual. Su deterioro no solo implica un riesgo ambiental, sino una fractura epistémica que afecta la forma en que la sociedad mexicana se relaciona con sus fuentes de vida. La crisis del agua en Wirikuta es, simultáneamente, una crisis ecológica y cultural. En ella convergen el agotamiento físico del acuífero y el agotamiento simbólico de nuestra relación con lo sagrado. Cada litro extraído sin respeto al ciclo natural es también una pérdida de sentido: una erosión del amanecer.

Frente a ello, el conocimiento hidrogeológico contemporáneo y la sabiduría indígena wixárika no se excluyen. La sobreexplotación del acuífero no solo implica una degradación físico-química. Para el pueblo wixárika, extraer las aguas profundas del antiguo mar que yace bajo el desierto es reabrir el umbral del inframundo. El agua salina que asciende desde los estratos fósiles es la memoria de un océano primordial, vinculada simbólicamente a la noche y al origen del mundo (Neurath, 2013). Desde la ciencia, el ascenso de estas aguas indica un colapso hidrogeoquímico; desde la espiritualidad wixárika, es un signo de desequilibrio entre la tierra y el fuego, entre la oscuridad del pasado y el amanecer del presente. Ambos lenguajes —el científico y el espiritual— convergen en la misma advertencia: se está alcanzando el límite de lo que el territorio puede soportar.

En términos de derecho ambiental, ese límite debería traducirse en una moratoria efectiva de concesiones y en el reconocimiento de Wirikuta como zona de salvaguarda hidro-cultural. Esta exigencia se sustenta en las disposiciones del Título Décimo Segundo de la Iniciativa de Ley General de Aguas (2024), que establece mecanismos para que el otorgamiento de concesiones se realice con base en cálculos técnicos de disponibilidad, exige la consulta previa, libre e informada para proyectos que afecten a pueblos y comunidades indígenas, y obliga a que toda concesión esté respaldada por evaluaciones de impacto socio-hídrico, las cuales deben ser revisadas por los Consejos Regionales de Cuenca. Además, la propia iniciativa propone reducir la duración de las concesiones, con el fin de evitar escenarios de captura regulatoria y uso extractivo del recurso. Mantener la emisión de concesiones en un acuífero en déficit —sin aplicar estos principios— perpetúa una forma de extractivismo jurídico donde la legalidad opera como instrumento de despojo, particularmente en territorios indígenas y sitios sagrados como Wirikuta.

La reciente difusión de encuentros entre autoridades locales y funcionarios de la CONAGUA para promover proyectos hídricos en el altiplano potosino evidencia la persistencia de un enfoque administrativo centrado en la obra pública y no en la restauración ecológica. Estas acciones, en apariencia orientadas al desarrollo, contrastan con la realidad jurídica y ambiental del acuífero Vanegas–Catorce.

Desde el plano normativo, la Ley de Aguas Nacionales prohíbe otorgar nuevas concesiones en acuíferos en déficit (art. 38, 38 y 22 BIS), y obliga a la autoridad a aplicar medidas de conservación y recuperación. La promoción de proyectos sin consulta pública ni evaluación ambiental vulnera el principio de precaución y el derecho humano al agua reconocido en el artículo 4º constitucional (Pacheco-Vega, 2020). A ello se suma la omisión del consentimiento libre, previo e informado exigido por el Convenio 169 de la OIT, tratándose de un territorio con significado espiritual para el pueblo wixárika, que vincula el agua de Wirikuta con el ciclo vital del amanecer (Neurath, 2013; Lemaistre, 2020).

En este contexto, resulta necesario avanzar hacia una interpretación ecocéntrica del derecho, en línea con la corriente internacional de los derechos de la naturaleza. Este enfoque —reconocido en los ordenamientos de Ecuador, Bolivia y en precedentes judiciales recientes de Colombia y México— concibe a los ecosistemas como sujetos de derecho, titulares de existencia, regeneración y equilibrio (Gudynas, 2019). Aplicado al caso del acuífero Vanegas–Catorce, ello implica reconocer su derecho intrínseco a mantener sus ciclos hidrológicos y químicos sin perturbaciones que comprometan su continuidad. La sobreexplotación y la extracción de agua fósil deben considerarse entonces no solo violaciones ambientales, sino lesiones jurídicas contra un ente vivo que sostiene comunidades humanas, ecosistemas y prácticas culturales.

Esta perspectiva encuentra coincidencia  en los Principios de la Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra (2010): reconocer al acuífero como sujeto de derecho permitiría exigir su tutela activa ante los tribunales y desplazar la noción antropocéntrica de “propiedad” hacia una de corresponsabilidad ecológica.

En Wirikuta, este giro jurídico coincide con la visión wixárika según la cual el agua es una entidad viva, poseedora de palabra y voluntad (Liffman, 2011). Desde la ciencia, la sobreexplotación altera su equilibrio hidrodinámico; desde el derecho, compromete su integridad ecológica; y desde la espiritualidad indígena, quebranta el pacto entre el ser humano y las energías más auténticas y primigenias de la Tierra. Asumir al acuífero Vanegas–Catorce como sujeto de derecho no es una concesión simbólica, sino una medida de justicia ambiental y restaurativa ante un sistema que ha tratado al agua como recurso y no como vida. Si la nueva legislación pretende ser verdaderamente transformadora, deberá reconocer ese diálogo como parte del orden jurídico, garantizando no solo la disponibilidad física del agua, sino su continuidad espiritual y cultural

Cuidar el equilibrio ambiental de Wirikuta significa entonces algo más que conservar un sitio sagrado o un ecosistema desértico. Es reconocer que la vida —tanto biológica como espiritual— depende de esa delgada línea de agua que circula bajo nuestros pies, de ese océano antiguo que aún respira en la profundidad del acuífero Vanegas–Catorce. Es aceptar que la sobreexplotación no solo agota un recurso, sino que desencadena una memoria ancestral que nos recuerda que toda agua, incluso la más salada, proviene del mismo origen. En ese reconocimiento se halla la posibilidad de reconciliar la ciencia, el derecho y la espiritualidad, de reescribir una ética del agua que incluya tanto el dato técnico como la reverencia. Y en ese gesto, quizás, el amanecer se mantenga encendido sobre el desierto.

 

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